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lunes, 23 de marzo de 2009

El higo


Don Vicenzo le había dejado un espacio al río para armar su huerta, consciente de que en epocas de lluvias se salía del cauce y arrasaba con lo que encontraba a su paso. Plantó maíz, rosas, claveles y madreselvas en un jardín donde el verde refulgía por doquier, y los cartuchos, rectos, enhiestos, albos, prometían una imagen nocturna espectacular. Los árboles nimbaban el caminito a la cocina, mientras las piedras circundantes encajaban en caprichosa unión intercalando colores. Con obstinación, Don Vicenzo se había negado a plantar en su huerta un árbol de higo que le habían obsequiado, y lo colocó en un apartado del terreno, allá donde las ánimas se reunían a cuchichear en las noches, en medio del aullido de los zorros. Pero luego del último invierno, en medio de la crecida, el río arrancó el higo de raíz y se atoró en la acequia. Cipriano, hijo mayor del Don, lo rescató de las aguas y lo plantó en la huerta, muy cerca a los cartuchos.

Era una noche de luna llena, y los niños, inquietos en medio del calor, salieron a jugar al jardín. la luz lunar entraba a raudales a través del follaje, y cayendo directamente sobre los cartuchos, les confería un brillo espléndido: parecían teas recién encendidas, mientras el vaivén del viento andino los sacudía levemente. Atrás, la higuerilla, envuelta en una rara bruma que no dejaba ver su tallo, se mantenía firme. De pronto, de esa bruma, escapó un "bulto" que empezó a andar sin pies, flotando en el aire, girando alrededor del arbolito. Lázaro ahogó un grito al ver el fenómeno y jalando a Asito a su lado, llamó a los demás en susurros: "¡Julia, Juan, vengan!"


Los niños, agrupados e intrigados por el sigilo mostrado por su primo, se agacharon junto a la verja que separaba la huerta del jardín. Atentos a la higuera, seguían con ojos estupefactos los movimientos de la "sombra". Asito alcanzó a ver un blanco cordón alrededor de la "cintura", si es que aquello tenía cintura. Arrastrándose entre los arbustos, fue a despertar a su hermano Samuel. "¡Hermanito, ven! ¡Hay algo en la huerta del taita!" Armado con su honda, Samuel dejó su catre y se acercó lentamente a la reja, apuntó al bulto pero antes de disparar, Asito lo detuvo. "Será un alma en pena, ¡déjalo! Quizás y traiga daño...". Samuel replicó:"Es el duende del higo". La sombra seguía girando alrededor del higo, y parecía no advertir la presencia infantil que, entre murmullos, no decidía si encararla o seguir observándola, viendo que hacía. Se escuchaba un jadeo leve, un cuchicheo de voces de un tiempo perdido, un arrastrar de hierros eslabonados que erizaban sus cabellos... pero seguían ahi, como hechizados ante esa imagen que los cautivaba sin saber porque. Al graznido de una lechuza, la visión se elevó en el aire y asemejando una serpiente fue diluyéndose y sin previo aviso, se acercó a los niños que ya entrados en pánico, gritaron reventando sus pulmones y despertando a los mayores, sin percatarse en su terror que la imagen había terminado por esfumarse...


La anciana despertó, un poco agitada, santiguándose una y otra vez, cogiendo el rosario de su velador. Acarició el crucifijo, y en medio de los resuellos caracteristicos de su edad, se durmió otra vez.

1 comentario:

Ivan dijo...

Este relato me gusta Gabo, sigue escribiendo asi, saludos desde la Madre Patria byeeeee!!!!