
Eran cerca de la una de la mañana y el frio andino calaba en mis huesos con furia, atravezando la delgada casaca térmica -que llevé para resguardarme de las lluvias- y la chompa de verde lana de un supuesto origen español pero puesta a la reventa por una comunidad de curas italianos de mi barrio. Traté de acomodarme en el pequeño cajón de la tolva del camión, que sobresalía por encima del techo de la cabina, acurrucado entre el huancaíno y el ayudante del chofer, "abrigados" con la capota que resguardaba la carga de la lluvia. "Don't look back in anger" resonaba en mis oídos, y escuchar a Noel a través del disc-man tal vez era la única señal de que seguía conciente.
Habían pasado cerca de dos horas desde que el camión habia partido de Yerbateros, con los costales llenos de semillas de papa y ajo, tubos de PVC y diversos artículos de construcción y algunas javas de fresas y papayas. Encima de todo eso viajábamos el huancaíno y yo. Me hablaba de un tal Gabriel Milito, que entonces entonces jugaba en Argentina, de líos de pareja entre mi hermana y una de sus grandes amigas de la UNI, y otras estupideces que recién hoy recalo en lo que eran: estupideces. Pasamos Vitarte con algo de temor a retenciones policiales, con palos claveteados para rechazar a los potenciales ladrones de cargas en la Carretera Central; cruzamos Ñaña intentando ver las hermosas casas tipo La Matte de El Cuadro, añorando mi infancia. El camión iba a buena marcha, recorriendo las iluminadas calles de Chaclacayo y Chosica, dejamos atrás Matucana, San Mateo. Nosotros, hablando de todo un poco, pero yo sólo pensando en la gran aventura en la que me habia metido.
Llegando al control de Casapalca, el huancaíno compró una chata de ron Cartavio, cenamos un caldo de gallina sin presa con harto fideo y cancha serrana, y subimos otra vez al camión. Empezaba a correr aire gélido de las montañas y pedimos una frazada al chofer, que estaba acompañado por los dueños de las cargas ferreteras y fruteras. Cruzábamos las minas casapalquinas tumbados boca arriba mirando las estrellas y algunas fugaces, nos envolvimos en la frazada a medias y me quedé dormido.
Desperté mareado, en medio de cachetadas propinadas por el huancaíno quien se excusó: "Pense que te habías desmayado". Bueno, estaba mal, sentía mareos, naúseas y segun él estaba amarillo, morado y verde a la vez. Los que han viajado conmigo a las serranias peruanas saben que esa es la mutación cromática de mi piel al llegar a ciertas altitudes. Empecé a temblar y a desvariar, mi mente se puso en blanco y mis ojos no veían bien; la oscuridad de la carretera, rota por las luces de los buses y camiones, envolvía todo y eso me llenó de miedo. Bebí un poco del ron y me calentó, pero por poco tiempo, y no hizo más que provocar el vendaval vomitivo que derramé a lo largo de una curva cerrada, me levanté a gatas y en el camino metí las botas en las javas aplastando papayas y fresas; maldiciendo, me paré y entonces la vi: nieve, por todas partes, brillante y alba, surcada solo por la carretera, y esa cadena de luces que venían e iban. Y también las ánimas -¿o eran los muquis?- que cruzaban los campos albos y desaparecían a la luz de los transportes. No lo sabía entonces pero estabamos cruzando Ticlio.
Perdí el conocimiento. El camión cruzó La Oroya la horrible, y siguiendo ese tortuoso camino que se repetía curva tras curva, enfiló a Jauja. Durante todo ese camino, unas tres horas y media, el huancaíno se desesperaba, yo no reaccionaba y él estaba muerto del susto, pensando lo peor. Tiempo despues me confiaría que a veces despertaba, a veces murmuraba entre sueños, pero volvía a caer en la inconciencia. Yo sólo recuerdo el retumbar del camino, que entraba y salía de la oscuridad. Después, una luz blanca intensa, y luego nada.
Entonces amaneció. Eran casi las 5 de la mañana cuando desperté, vi praderas coloreadas de naranja, con ese brillo estupendo que le da el sol a todo ser vivo. Estaban descargando los materiales de ferretería, y el huancaíno, aún asustado me decía: "Casi te has muerto". Sentía una agria resequedad en mis labios, quise moverme pero mis piernas no respondían, y me levanté los bajos del pantalón: sobre mis piernas tenía una capa de escamas, pues el frio me habia quemado la piel. Pero estaba vivo. Me quedé tranquilo, mirando el sol y como terminaba de despuntarse e iluminaba las verdes montañas del fondo; prendí el disc-man, y sonaba "Whatever". Entonces me quedé dormido otra vez.


No hay comentarios:
Publicar un comentario