Enrroscado sobre la vieja mesa negra en la que un día hicieron las tareas mis hermanas, despierta al mundo mientras bosteza mostrando las enormes fauces, esas que a veces deja relucir en defensa de mi sobrino, marcando pieles de dobermans o los chuscos que suelen acosarnos en nuestras caminatas cerca al mar... Se rasca inconcientemente fuerte detrás de su oreja, y finalmente se levanta estirándose y oliendo por doquier, mientras el bullicio del colegio termina por despabilarlo y lo zambulle en la calurosa jornada que hasta ahora no sé como soporta.
Él llegó al mes y y algunos días de haber nacido, desde Pueblo Libre y en una cartera blanca en la que ahora sólo entraría una de sus patas. Era un precioso cachorro con ojos turquezas sobre pelo corto arena y que enamoró a mi familia desde sus primeros pasos en el frio piso del comedor. Compartimos mi cama hasta que cumplió tres meses, tiempo en el cual perdí muchas horas de sueño, dado que el pequeño era muy juguetón y propenso a los mordiscos nocturnos, aparte de dejar sus pequeñas mierdecillas alrededor y precisamente no encima de los periodicos que tendía para facilitarme la labor de limpieza. Crecía entre la cocina, la lavandería y el patio delantero de casa, curioseando todo y metiendo a veces la cabeza donde no debía, como en la bolsa de carbón o en los tachos de la basura haciendo desbarajuste y medio y causando por supuesto, y gratuitamente, peleas con mamá. Demostraba una lornezca predisposición a la diplomacia pues acataba las mordidas abusivas del schnauzer de la "Dueña", Shopenhauer, sin titubeos y simplemente echado y arrinconado contra la pared. Preocupado, el viejo sugería clases de karate para mi cachorro.
Esbelto pero magro, musculoso y austero, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerados colmillos. La cola pequeña se pierde en el lomo, y en su cuerpo de arenado color sobresale el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes de musculosas fibras, parecen las de un armado y fiero caballero medioeval dispuesto a la batalla. Hoy -con más de dos años, habiendo vengado esos mordiscos del "Shope" con creces e incluso con riesgo de asesinato; algunas prendas rasgadas y otras de las que nadie en casa sabe ni sospecha su paradero; incluso un atentado por parte de una coaster que casi lo mata arrollándolo- nuestro "fantasma gris", el gran Ramón Elendil, se ha ganado un lugar en la familia.
Él llegó al mes y y algunos días de haber nacido, desde Pueblo Libre y en una cartera blanca en la que ahora sólo entraría una de sus patas. Era un precioso cachorro con ojos turquezas sobre pelo corto arena y que enamoró a mi familia desde sus primeros pasos en el frio piso del comedor. Compartimos mi cama hasta que cumplió tres meses, tiempo en el cual perdí muchas horas de sueño, dado que el pequeño era muy juguetón y propenso a los mordiscos nocturnos, aparte de dejar sus pequeñas mierdecillas alrededor y precisamente no encima de los periodicos que tendía para facilitarme la labor de limpieza. Crecía entre la cocina, la lavandería y el patio delantero de casa, curioseando todo y metiendo a veces la cabeza donde no debía, como en la bolsa de carbón o en los tachos de la basura haciendo desbarajuste y medio y causando por supuesto, y gratuitamente, peleas con mamá. Demostraba una lornezca predisposición a la diplomacia pues acataba las mordidas abusivas del schnauzer de la "Dueña", Shopenhauer, sin titubeos y simplemente echado y arrinconado contra la pared. Preocupado, el viejo sugería clases de karate para mi cachorro.
Esbelto pero magro, musculoso y austero, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerados colmillos. La cola pequeña se pierde en el lomo, y en su cuerpo de arenado color sobresale el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes de musculosas fibras, parecen las de un armado y fiero caballero medioeval dispuesto a la batalla. Hoy -con más de dos años, habiendo vengado esos mordiscos del "Shope" con creces e incluso con riesgo de asesinato; algunas prendas rasgadas y otras de las que nadie en casa sabe ni sospecha su paradero; incluso un atentado por parte de una coaster que casi lo mata arrollándolo- nuestro "fantasma gris", el gran Ramón Elendil, se ha ganado un lugar en la familia.


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